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En este número de "Excesos" modulamos una pregunta: ¿por qué escribir masochismo en vez de masoquismo?.

Comencemos un recorrido desde el texto de Masoch cuya lectura nos remite a nuestras primeras consideraciones sobre el tema: intentar relacionar la voz como el objeto del masoquismo, de forma tal que el masoquismo se encuadre como siendo el tratamiento de ese objeto (1).

"Entonces cerraron la puerta con llave. Esta vez no tuve vergüenza: no me tapé las orejas y me puse a escuchar atentamente junto a la puerta tal vez para vengarme, tal vez por celos y nuevamente oí el chasquido de la fusta que yo había probado hacía un instante."

El recuerdo de Masoch acentúa este tratamiento encubríendolo a la vez: ¿qué había probado antes que vuelve a probar ahora, en el lapso de su recordar, sino la actualización del tratamiento de ese mismo objeto invocante?. No descuidemos en la argumentación que la posición del sujeto, en la medida se reconoce como objeto del deseo (superando así la vergüenza), es una posición masoquista. Pero cuando escribimos masochista, intentamos nominar una diferencia que de otra forma se nos escaparía: una estricta relación entre el goce y la muerte, entre un masoquismo y un duelo que los autores que consignamos se encargan de establecer y que nosotros nos contentaríamos en escribir como goce de la pérdida de sí mismo. Expliquémonos a cuenta de lo que publicamos y cuya lectura no invitamos a descuidar, pues en ese recorrido la pregunta que modulamos encuentra su sostén.

Si para Deleuze la sintomatología es siempre asunto de arte en la medida en que, por ejemplo, allí se vincula un nombre propio con un conjunto de signos (y por ende el llamado masoquismo es un síntoma a nivel del signo), entonces descubrir la identidad que une la violencia con la demostración expuesta en la Obra, es descubrir una función dialéctica incluída en la trama del texto masochiano. La argumentación de Deleuze, contrapuntísticamente establecida para separar el sadismo del masoquismo -y allí radica gran parte de su relevancia- promueve un descuido sobre el valor del objeto voz. No es que no lo subraye sino que queda demarcado a un rango secundario comparado con los otros objetos que se postulan eficaces en el masoquismo: así, no hay masoquismo sin fetichismo, -llega a establecer el filósofo. Correcto ¿pero encuentra así su justo lugar, en ese valor de objeto fálico, la fusta del recuerdo encubridor de Masoch, casí un símbolo masoquista?, ¿ese es el verdadero secreto del masoquismo?, ¿se trata de la fusta despojada de su chasquido? Cuando escribimos masochista intentamos entonces valorizar el tratamiento que el sujeto realiza a un objeto más allá de su encono fálico: por ejemplo hacerlo oír y perderse en ese intento o por ese mismo intento.

Hay entonces una reflexión moral que Masoch introduce bajo el signo de Caín y que Ricardo Pon en su artículo lo subraya como un verdadero problema para Deleuze. Y es que en general la perversión siempre tiene la dimensión de la demostración; el perverso es demostrador por antonomasia y es por esto mismo que el perverso puede plantear -con toda la seriedad necesaria en estos casos- las cuestiones que freudianamente llamaríamos razones del masoquismo moral. Y si algo funda ese masoquismo moral, al decir de Lacan (2), es que este no puede estar fundado más que sobre esta ligazón de la incidencia de la voz del Otro sobre el sujeto una vez que se repone de la pérdida de sí mismo.

El masochismo es esa intención acentuada para que el Otro se preste al juego, sabiendo que goce él tiene que extraer y que implica necesariamente esa pérdida. ¿Pero sobre qué persona recae ese él en la frase? El masochista responde colocándose en ese lugar; ignorando ser el instrumento del Otro, corporiza un saber que pone en práctica.

He aquí un límite atravesado -la función de esa pérdida- que se sobrepasa, pero ¿hasta dónde?. Las consideraciones de Bersani son de una puntillosidad elocuente al respecto: S/M es una escritura que cuestiona la práctica del poder, que demuestra algo, un desafío político. Pero respecto del límite Bersani introduce justamente el concepto de dolor en la práctica S/M, como un medio contra esa autodestrucción -que ya dijimos que no tiene nada de auto pues no es sin el Otro-, el dolor como un límite mismo a esa pérdida. Entonces el dolor tiene una presentación más allá de su deslinde antitético con el placer: el dolor se impone en esa práctica de roles intercambiables, se impone y se rechaza al mismo tiempo.

La pregunta que concierne a esa transferencia establecida en el tratamiento que relata Serge André, es paradigmática desde este punto de vista: "¿Puedo seguir?", o bien, "No sé si puedo ir más lejos...", pregunta al analista en donde Otro mensaje responde:¿podría evitarlo?. Ahora bien no poder no evitarlo, eso señala un real. Y qué no puede no evitar sino, al decir de Masoch, ese tratamiento a un objeto invocante, goce imposible a cuenta.

Por que no usar ese calificativo de Paz hacia la Obra de Gerzso, hendidura de tiempo en el intento de nominar ese más allá de un límite, ese real. Leemos su consideración a la Obra del pintor: "Una pintura que no representa pero significa". ¿Qué significa? Aquello que está más allá de ella misma y que no puede reducirse a conceptos. Otra vez entonces, la práctica de ese límite, al menos eso nos pareció entender en la crítica de Paz, que remite a lo glacial y a la centella en el pintor, tal como Deleuze remite al frío y a lo cruel en el literato Masoch.

El masochismo entonces escribe ese atravesamiento del límite, puesta en órbita de un real que el llamado masoquismo a la luz de más de un siglo de posicionamiento, suele encubrir a veces como el comodín necesario en los explicandos de todo hecho de violencia.

Jorge Tarela


Notas:

(1) - Tarela, J. "Sobre violencia y género: Mujeres al borde". en Sobre excesos y exabruptos Nº 1. 2001.

(2)- Lacan, J. Seminario "De un otro al Otro" clase del 26/03/1969. Inédito.